La Soja, una legumbre con más perjuicios que beneficios

Ene 1, 2017

¿Qué hay detrás de esta leguminosa tan promocionada, que hasta hace pocos años fue un producto agrícola de menor importancia y hoy se la considera un alimento milagroso que evita el cáncer, enfermedades del corazón y soluciona problemas hormonales femeninos de todo tipo?

El objetivo de este escrito es informarlos acerca de una cantidad de peligros que acompañan al consumo de soja. Esta centrado en el aspecto nutricional. Excede la temática de los transgénicos y la cantidad de problemas que estos acarrean.

El poroto de soja, aún siendo no transgénico y hasta orgánico, representa un grave problema para la salud humana, por la combinación de varios factores.

Existe sólida información científica de los problemas que ocasiona su consumo regular. Acá brindamos algunos sitios web donde pueden ampliar la información que brindaremos a continuación:
www.soyonlineservice.co.nz
www.nutriciondepurativa.com.ar
www.unitedsoybean.org

Historia

En la China antigua, apreciaban esta leguminosa por su efecto fertilizante del suelo (fija el nitrógeno). Recién durante la dinastía Chou (1134-246 A.C), con el dominio de la técnica de fermentación, comenzó a consumirse el poroto en forma de fermentados como el natto, tempeh, miso y salsa de soja. De esta forma, se asegura la completa inactivación de antinutrientes del poroto.
Luego, en el siglo II A.C se comenzó a cuajar el puré de porotos cocidos (tofu), proceso que inactiva antinutrientes, pero no totalmente.

A la constante publicitaria de que los orientales comen mucha soja por día, se puede decir que en 1930, la soja representaba apenas el 1,5% de las calorías en la dieta china. En 1998, se precisó que los japoneses consumían 8 grs. diarios de proteína de soja (2 cucharaditas), en forma de fermentados y condimentos.
Otro dato interesante es que la soja utilizada antiguamente en Oriente era glicina, y hoy se emplea la glicina max, que ha sido mejorada para obtener más proteínas y más isoflavonas. Vale aclarar que el 99 % de soja es modificada genéticamente (transgénica), y tiene uno de los más altos porcentajes de contaminación por pesticidas.

Virtudes ilusorias

La propaganda que ha creado el milagro de las ventas de soja es tanto más notable cuanto que, hace sólo algunas décadas, el poroto de soja era considerado no apto como alimento, ni siquiera en Asia.
A fines del siglo XX, una avalancha publicitaria, basada en “serios estudios científicos”, aconsejaba a la soja como una panacea nutricional y terapéutica. Con el argumento de que la soja era esencial para resolver los desórdenes menopáusicos, bajar el colesterol, proteger el sistema cardiovascular, combatir el cáncer y solucionar el problema del hambre en el mundo, la industria comenzó a adicionar soja a hamburguesas, pastas, alimentos para bebés y niños, etc.

Hoy en día, la proteína de soja se encuentra ahora en la mayoría de las marcas de pan que se venden en supermercados. En México, se está usando para transformar “a la humilde tortilla”, el alimento básico mexicano basado en el maíz, en una “súper tortilla” fortificada con proteína de soja, que “reforzaría la dieta” de los casi 20 millones de mexicanos que viven en extrema pobreza. En Inglaterra, apareció un nuevo pan fabricado por Allied Bakeries, dirigido a las mujeres menopáusicas que buscan alivio de los accesos de calor.

El desatino llegó al punto de la adopción del término “nutracéutico” (nutriente y fármaco a la vez) por parte de la industria. Esto se entiende cuando se analiza la abundancia de fondos disponibles para “fundamentar sus beneficios”. Todos los grandes productores de soja pagan un impuesto obligatorio (en Estados Unidos) de entre un 0,5 a 1 % del precio del poroto en el mercado. Así, sumas superiores a U$S 80 millones anuales, sostienen el programa de United Soybean para “reforzar la posición del poroto de soja en el mercado y mantener y expandir los mercados domésticos y extranjeros para el poroto de soja y productos elaborados con sus derivados”.
Hasta idealistas bienintencionados (vegetarianos, naturistas) y ecologistas impulsaron su difusión y aplicaciones, argumentando que era una forma de reducir el consumo de proteína animal y de evitar daños al medio ambiente.

En Argentina, desde mediados de los 90 hasta incluso hoy en día, se desarrollan programas de “soja solidaria”, brindando subvención a comedores y hogares, con la intención de dejar a la soja posicionada como “la salvación” para los más carenciados.

Lo cierto es que la campaña a favor de la soja ha sido implacable y mundial en su alcance. La industria le encontró miles de aplicaciones, aprovechando su riqueza proteica, sus grasas saludables, su plasticidad industrial y el bajísimo costo. Pero, a pesar de toda esta propaganda, el mito se va derrumbando.

Antinutrientes y desorden nutricional

Si bien la soja posee alto tenor proteico, su valor biológico (49 frente al índice 100 del huevo) se ve limitado por deficiencia en aminoácidos esenciales azufrados (metionina, cisteína) y por presencia de inhibidores de las proteasas (enzimas como la tripsina, necesarias para degradar sus proteínas).
El factor inhibidor no se inactiva completamente con la cocción y los procesos industriales. Esto sucede solo con lentos procesos de fermentación, que van desde varios meses hasta 3 años (miso y salsa de soja artesanales). Una dieta con alta presencia de estos inhibidores, puede dar lugar a déficit de crecimiento, mala digestión, trastornos gástricos, agotamiento pancreático y carencia de vitamina B12 (anemia).

Otro peligroso antinutriente es el ácido fítico, presente en otros granos, pero con mayor concentración en la soja. Esta sustancia bloquea la asimilación de minerales como el calcio, hierro, magnesio y especialmente el zinc. La cocción lenta y prolongada inactiva parcialmente a este antinutriente. Solo la fermentación lenta lo inactiva totalmente.
Cuando productos precipitados de soja, como el tofu, son consumidos con carne, se reducen los efectos del bloqueamiento mineral de los fitatos. Los japoneses comen tradicionalmente una pequeña cantidad de tofu o miso como parte de un caldo de pescado, rico en minerales, seguido por un plato de carne o pescado. Los vegetarianos que consumen tofu en grandes cantidades, como sustituto de la carne y productos lácteos, corren el riesgo de sufrir severas deficiencias minerales.
En general, los científicos concuerdan en que las dietas basadas en granos y legumbres altas en contenido de fitatos, contribuyen a deficiencias minerales.

Las hemoaglutininas, que aglutinan los glóbulos rojos y reducen la absorción de oxígeno, son otros antinutrientes presentes en la soja. Estas lectinas, deprimen el crecimiento, generan coágulos sanguíneos y reacciones alérgicas. Afectan a los enterocitos (células de la mucosa intestinal) y por lo tanto disminuyen la absorción de nutrientes.

En cuanto a los minerales, la soja posee altas y problemáticas concentraciones de manganeso y fósforo. El manganeso es 80 veces más abundante que en la leche materna, y su exceso disminuye los niveles de dopamina, genera hiperactividad y falta de concentración (características del DDA infantil), espasmos, temblores y comportamiento violento.
El fósforo, mineral que en exceso también está asociado al déficit de atención infantil y a la fibromialgia, es una antagonista del calcio, por lo tanto un promotor de deficiencias de calcio como la osteoporosis. Esto nos lleva a ver que carece de fundamento la afirmación de que la soja evita la osteoporosis. Si los asiáticos tienen realmente tasas más bajas de osteoporosis que los occidentales, bien puede ser porque su dieta proporciona abundancia de vitamina D (ayuda a fijar el calcio) procedente de camarones, manteca, mariscos, y mucho calcio de los caldos de hueso.

Las isoflavonas

Uno de los mayores problemas de la soja son las publicitadas isoflavonas (genisteína, daidzeína). Estos fitoestrógenos, convertidos en panacea terapéutica para las mujeres en menopausia, son mecanismos defensivos naturales de la planta, en respuesta a las plagas.
Ya por los años 50 habían sido identificados como problemáticos en dietas para animales, cuando todavía no se los utilizaba en la alimentación humana. Los estudios del Dr. Mike Fitzpatrick en Nueva Zelanda, mostraban evidencias de trastornos endocrinos, infertilidad, leucemia y cáncer al incorporar soja en alimentos de mascotas y animales.

Más tarde se comprobó en Japón que apenas dos cucharadas diarias de porotos de soja, durante un mes, bastaban para generar hipertrofia tiroidea (bocio) y pancreática, reducción del timo (glándula comando del sistema inmune), hipotiroidismo, constipación, fatiga y letargo.
Esto fue luego refrendado por estudios ingleses y americanos. Una investigación del Kings College of London, mostró que la genisteína bloquea el paso de espermatozoides al útero, dificultando la concepción. Otro estudio inglés demostró que consumir durante 1 mes 60 grs. diarios de proteína de soja, afectaba el ciclo menstrual, efecto que perduraba hasta 3 meses después de abandonar la ingesta de esta leguminosa.

La escuela de Salud Pública de Harvard en Boston, puso en evidencia el negativo efecto estrogénico de la soja en hombres: disminución del conteo de espermatozoides, infertilidad, aumento de peso, dificultades perceptivas y baja de la líbido. Esto confirma el uso de la soja en monasterios orientales, donde la consideran útil para aplacar el deseo sexual.

La abundante investigación mundial dio sobradas pruebas de los efectos de las isoflavonas de la soja:

  • Inhibición de la hormonas esteroides (estradiol) y las hormonas tiroides (T3, T4).
  • Desórdenes del aparato reproductor. Infertilidad.
  • Hipotiroidismo, tiroiditis autoinmune, cáncer tiroideo.
  • Daño hepático (cirrosis), colon irritable.
  • Problemas de conducta, déficit de percepción y memoria.
  • Deficiencia inmune, insuficiencia pituitaria.

Sin embargo, la industria de la soja se las ingenió para ignorar esta fuerte evidencia, basada en el consumo de pequeñas cantidades diarias de soja (0,5 mg. de isoflavonas por kg. de peso, constituyen una dosis de riesgo). Por el contrario, florecieron campañas promoviendo el “saludable” uso de la soja para bajar el colesterol (25 grs. de proteína aislada) o resolver problemas de menopausia (10 mg. por kg. de peso, que es el doble de la dosis de riesgo).

Sin dejar de lado toda esta problemática, se puede decir que lo más grotesco en todo este desatino, es el gran desarrollo de fórmulas para lactantes, destinadas principalmente a bebés alérgicos a la leche vacuna y a bebés vegetarianos. En pequeños organismos, estas raciones de soja (isoflavonas) equivalen a 16 veces la dosis de riesgo antes citada, o lo que es lo mismo, 5 pastillas anticonceptivas diarias para un adulto, o también 1000 veces más el efecto estrogénico que la leche materna.

El Ministerio de Salud de Israel prohibió la fórmula para bebés a base de soja, tras 3 muertes de bebés y 7 casos de daños cerebrales en pocos días. En Inglaterra, la leche de soja ha sido desaconsejada en menores de 2 años y embarazadas. La Comisión de Alimentos del Reino Unido, recomendó no exceder el consumo diario de 40 mg. de isoflavonas de soja en adultos. Estos valores se alcanzan con apenas 20 grs. de porotos o harina de soja, o 70 grs. de tofu, o 200 cc. de leche de soja o 100 grs. de brotes de soja.

La industria y el procesamiento del poroto

Los agresivos métodos industriales necesarios para obtener derivados del poroto, generan ulteriores problemas nutricionales. La obtención del aislado de proteína de soja (SPI por sus siglas en inglés), ingrediente clave en muchos alimentos, es un ejemplo ilustrativo.
El poroto es sumergido en una solución alcalina para quitar la cáscara. Luego es precipitada mediante un lavado ácido y finalmente es neutralizada en una solución alcalina. El lavado ácido en tanques de aluminio, transfiere (lixivia) gran cantidad de este mineral al producto. La cuajada resultante se seca por aspersión a alta temperatura para dar lugar a un polvo de alto contenido proteico. Mediante extrusión a alta temperatura y elevada presión, se obtiene la proteína vegetal texturizada (TVP por sus siglas en ingles).

Pese a la alta temperatura, estos procesos no alcanzan a eliminar totalmente el inhibidor de tripsina; en cambio, desnaturalizan la proteína (reducen los aminoácidos lisina y cisteína) y generan nitritos cancerígenos.

El procesamiento alcalino también da lugar a lisinoalanina, una toxina cancerígena.
Dado el fuerte sabor del poroto, se deben añadir saborizantes artificiales (glutamato monosódico en imitaciones cárnicas) o endulzantes. Por ejemplo, los ingredientes declarados de una leche de soja en polvo son: jarabe de maíz, aislado de proteína de soja, aceite de soja parcialmente hidrogenado, azúcar, mezcla de vitaminas y minerales, maltodextrina, sal, sabores artificiales, mono y diglicéridos.

En experimentos alimentarios, el uso de SPI incrementa la demanda de vitaminas E, K, D y B12. Además, crea síntomas de deficiencia de calcio, magnesio, manganeso, molibdeno, cobre, hierro y zinc. El ácido fítico remanente en estos productos de soja, inhibe fuertemente la absorción de hierro y zinc. Los animales de laboratorio alimentados con SPI, muestran órganos agrandados (páncreas y tiroides) y una mayor generación de ácidos grasos en el hígado (Rackis, Joseph, J., “Biological and Physiological Factors in Soybeans”, Journal of the American Oil Chemists´Society 51:161A-170ª, January 1974 – Rackis, Joseph, J. et al., “The USDA trypsin inhibitor study”, ibid.).

El problema de estos derivados de la soja (SPI y TVP) es su omnipresencia en los más variados e insospechados alimentos, lo cual impide evitarlos. Encontramos aislado de proteína de soja y proteína vegetal texturizada en bebidas, panificados, alimentos dietéticos, leches de soja, fórmulas infantiles, golosinas, bebidas dietéticas, productos para deportistas, fiambres, imitaciones cárnicas, helados, productos lácteos, barras de cereales, mayonesas, productos de comida rápida, etc.

Además, estos derivados del poroto están forzosamente presentes en toda la cadena alimentaria, al ser la base de balanceados para la cría animal intensiva (feed lot, estabulación, jaulas, piscinas). Por cierto que los animales alimentados con proteína de soja, muestran los mismos problemas de salud que los humanos: déficit de crecimiento, hipertrofia de órganos, hígado graso, tumores, etc.

Grasas, un mal recuerdo

En materia de aceites, los benéficos ácidos grasos esenciales de la soja (omega 3 y 6), son desnaturalizados por presión, solventes y temperatura (hasta 270 °C en atmósfera controlada) de los “eficientes procesos industriales”, que requieren agresivos procesos de refinación para eliminar indeseables texturas y olores (neutralizado, desengomado, blanqueado, desodorizado). Los AGE (ácidos grasos escenciales), solo se encuentran en aceites obtenidos por primera prensión en frío. Este método es “ineficiente” para la industria, ya que extrae solo el 20% de la materia grasa del grano.
El aceite de soja refinado se destina principalmente a la hidrogenación industrial (margarinas), proceso que permite modular texturas (de líquido hasta sólido) adecuadas a las más diversas exigencias de la moderna ingeniería en alimentos, con la ecuación ideal: bajo costo y gran conservación.

El ejemplo de lo que sucedió con los aceites vegetales hidrogenados, tiene en algún sentido, gran relación con lo que está sucediendo hoy en día con la soja. Lamentablemente, la magnitud del desastre que está generando la soja es muchísimo mayor.
Vale recordar que luego de la Segunda Guerra Mundial, uno de los “grandes descubrimientos” de la industria alimenticia fueron los aceites vegetales hidrogenados (margarina).

La margarina proviene de un aceite vegetal (generalmente de soja o girasol), el cual se lleva a temperaturas de entre 210º y 270º y se le sopla gas de hidrógeno, solidificándolo, o sea saturándolo; obteniéndose un polímero con estructura muy similar al plástico. Estos compuestos, con gran resistencia al enranciamiento, como dijimos anteriormente, están omnipresentes en las etiquetas de los productos elaborados industrialmente, en productos de panadería, galletas, helados, fritos, etc. En las etiquetas aparecen con el nombre de “aceite vegetal hidrogenado” o “parcialmente hidrogenado”. También las industrias lácteas utilizan grasas hidrogenadas para elevar el tenor graso de la leche.

Volviendo al ejemplo que queríamos mostrar, donde para beneficio de unos pocos, se promueven alimentos con supuestos beneficios que luego no son tales, vale decir que los aceites hidrogenados fueron promocionados inicialmente como la solución para descender el nivel de colesterol. Algunos años más tarde (cuando ya no había forma de disfrazar la verdad), se descubrió que no solo no ayudan a descender el colesterol (ya que son grasas saturadas y por lo tanto tienen efecto contrario), sino que producen esclerosis de aorta, mayor riesgo de infarto, trastornos en la estructura celular, infiltración de grasa en el hígado, predisponen al organismo a la enfermedad y envejecimiento prematuro.

Si bien no es posible confirmar que la relación entre la enfermedad del niño y el consumo de leche de soja sea totalmente directa, también es imposible negar toda relación.
Lo cierto es que no hay registro (en los 5.000.000 de años que existe el hombre) de algún pueblo que haya utilizado a la soja y sus derivados en la forma en la que hoy la industria y las empresas multinacionales, quieren imponer. Las consecuencias de esto, afloran día a día.

Ante esta situación, ¿Qué alimentos sugerimos?

Tofu

Como vimos, es el queso de la soja, resultante de la coagulación de la leche de esta legumbre, con sal de magnesio (nigari), sal de calcio o limón. Este producto, es unos de los derivados de soja básicos en la alimentación de los países de Extremo Oriente, principalmente en Japón y China, del cual es originario y se lo prepara desde el siglo II A.C.
Existen diferentes variedades de tofu: blandos, semiduros  y duros. Todos, de color blanco tiza y practicamente inoloros. Su utilización es muy variada, ya que acepta ser mezclado tanto con alimentos salados como dulces. Se lo emplea rehogado, macerado, como relleno, paté, etc., distintas formas para realzar su sabor; ya que por sí solo, no tiene un sabor muy definido. Debe tenerse en cuenta que no se gratina como los quesos vacunos, a lo sumo al procesarlo, adquiere consistencia similar a la ricota.
El tofu fresco, se conserva en la heladera unos diez días, en un recipiente cubierto con agua y una pizca de sal. Cada dos días se debe enjuagar y cambiarle el agua.
Es muy importante consumir tofu de origen orgánico y fresco. Esto último podemos verificarlo en base a la consistencia del mismo. Cuando está vencido, puede ocurrir que la superficie se ponga gomosa, adquiera olor fuerte y ácido y al cortarlo, se desprenda una baba o presente manchas oscuras.

Propiedades:

  • En general los alimentos muy proteicos tienen un PH ácido. El tofu, presenta un PH alcalino y es de muy fácil digestión. De aquí que se recomiende a niños, ancianos, personas con trastornos digestivos o aquellos que se inician en una alimentación natural e integral. Se encuentra en el tofu de un 8 a un 10% de proteínas de fácil asimilación.
  • En 100 grs. de tofu hay de 4 – 5 grs. de grasas, de las cuales el 85% son insaturadas; sobre todo posee ácido linoleico. Esto previene el aumento del colesterol y las enfermedades cardiovasculares.
  • Es muy bajo en calorías, por lo que resulta apropiado en regímenes de adelgazamiento.
  • Contiene lecitina (ácido graso fosforado), la cual es muy importante para metabolizar, disolver y eliminar los depósitos de colesterol y otros ácidos grasos que se acumulan en órganos vitales y en el torrente circulatorio. Además, nutre las células cerebrales y refuerza los músculos oculares.
  • Contiene lisina, aminoácido esencial que se encuentra en pequeñas cantidades, en la mayoría de los cereales.
  • Es muy bajo en contenido de hidratos de carbono que, sumado a la calidad de grasas que posee; lo convierte en un alimento apropiado para diabéticos.
  • No contiene gluten, por lo tanto es apto para celíacos.

Consumo: como en el tofu no se eliminan por completo los antinutrientes del poroto, recomendamos consumir poca cantidad y no más de 2 veces por semana.

Salsa de soja

Es líquida, de color marrón oscuro, aroma agradable y salada. Las más conocidas son el Shoyu y Tamari. Tienen un sabor muy particular, que se obtiene de la fermentación natural del poroto de soja. Esto se realiza en un medio fermentativo, compuesto por  trigo y sal, para la realización del Shoyu; o de arroz integral y sal, cuando se realiza el Tamari.
Se la utiliza para sazonar alimentos, en los tradicionales nitukes, kimpiras y nishimes de la cocina macrobiótica. Generalmente se la agrega al final de la cocción. Con el agregado de esta salsa, se obtiene en la comida un sabor final agridulce.
Tradicionalmente, la fermentación de la salsa se iniciaba en Japón, en el mes de abril y se tomaba todo un año. En la fermentación natural se emplean levaduras, hongos y bacterias. Actualmente se realizan muchas salsas donde se emplean procesos químicos, agregado de azúcar, colorantes, etc.; alterando la calidad y sabor del producto final.
Es aconsejable adquirir salsas, en las cuales se indique la elaboración artesanal, o fermentación natural.

Miso

Este producto, también resultante de la fermentación; es consumido desde hace miles de años en Japón y China y fue siempre considerado por sus propiedades medicinales.
Es una pasta espesa y oscura, producto de la fermentación natural y prolongada de los porotos de soja blancos. Durante el proceso de producción, que puede durar entre uno y dos años; se efectúa una presión al poroto con agua de manantial, agregando sal marina en forma gradual.
Existen muchos tipos de miso: el Mugi, elaborado a base de cebada , soja, sal y agua; el Natto, que contiene cebada, algas, soja, sal y jengibre; el Hatcho o Name, con poroto de soja, sal y agua; y el Kome o Genmai, con arroz integral, soja, sal y agua.
Su uso más habitual es en sopas con verduras y algas, siempre agregado al final de la cocción. Es conveniente no cocinarlo, para evitar que se destruyan las bacterias benéficas y enzimas resultantes de la fermentación. También se lo puede usar para untar panes, galletas y como aderezo en salsa, ensaladas, etc.
En cuanto a la cantidad, podemos estimar un consumo de 1 a 2 cucharaditas por día, en forma orientativa. Deben tener mayor precaución las personas hipertensas, por el alto contenido de sodio.

Propiedades:

  • Contiene bacterias lácticas, las cuales elaboran algunas vitaminas y ayudan en la digestión y asimilación de los alimentos. Por esta razón es aconsejado para personas alérgicas, en las cuales los intestinos débiles, no pueden asimilar bien las proteínas. También se recomienda su consumo para personas con problemas de hinchazón abdominal, flatulencias, estreñimiento y diarrea.
  • Contiene gran cantidad de minerales, principalmente calcio, potasio, fósforo y magnesio. Aporta pequeñas cantidades de vitamina B12.
  • Ayuda a neutralizar la acidez y los residuos tóxicos de las dietas altas en proteínas de hoy en día.
  • Contiene inositol, compuesto que se combina con las sustancias radiactivas y las expulsa del cuerpo.
  • La grasa que contiene el miso, está combinada biológicamente con sal y transformada por la fermentación; haciéndolo un alimento muy estable que se conserva durante años sin refrigeración.
  • Contiene cantidades importantes de ácido linoleico y lecitina.
  • Posee melanoidinas, sustancias anticancerígenas que inhiben la acción de los radicales libres. Por otra parte, son estas sustancias las que le dan al miso su color característico.

Natto y Tempeh

Si bien estos dos productos no se consiguen por el momento en nuestro país (de origen orgánicos), vale la pena conocerlos, ya que son productos fermentados, donde se han inactivado los antinutrientes.
El Natto se prepara batiendo los porotos ya fermentados con shoyu, hasta obtener una pasta elástica y gomosa, con aroma y sabor similar al queso. Se lo puede utilizar para untar panes y galletas, como paté, etc.
La fermentación del natto hace que sea beneficioso para estimular la actividad digestiva. Es un alimento rico en proteínas (en 100 grs. encontramos unos 17 grs. de las mismas), y minerales como el calcio y hierro.

El Tempeh se obtiene a partir de un cultivo de bacterias específicas, sobre porotos de soja cocidos. Es un alimento muy popular en Indonesia.
La fermentación se realiza con una bacteria llamada Rhizopus oligosporus (se encuentra en la raíz de la planta), que en el proceso fija la vitamina B12. Por otro lado, para neutralizar la presencia de bacterias antagónicas en el intestino, secreta agentes antibióticos que resultan beneficiosos para el hombre.
Es un producto rico en proteínas (19 – 20 grs. cada 100 grs. del alimento), minerales como el calcio, hierro, fósforo y vitamina B12.

Leer etiquetas, informarnos y averiguar cómo se elaboran los alimentos que elegimos, es el primer paso hacia una alimentación conciente.


Fuente: www.granomadre.com.ar a través de Cajú

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